Pensaba titular esta columna El silencio como herramienta de la escritura, pero era muy tibia y no reflejaba la desesperación de no poder escribir con tanto ruido en el entorno. Entonces, le puse el enunciado desesperado que pronuncio desde hace unos días a causa de una mini feria ubicada en un área verde cercana a casa.
A la música guapachosa de la feria se une el carrito de los tamales que trae música y anuncia la gran variedad de sabores. Pa’colmo, un vochito anda dando vueltas con una canción famosona, pero con la letra cambiada, justo para convencerme de votar por un candidato. Pobres ilusos.
¿Qué difícil siquiera pensar qué escribir cuando debo batallar con mi mente y evitar el mal humor por la desesperación que causa la música? Respiro y trato de escribir moviendo los hombros al son de las rolitas, que la música le ponga ritmo a lo que escribo, pero como que no funciona.
Luego, trato de recordar cómo podía escribir o concentrarme en la escuela, donde había ruido. O hacer la tarea cuando en casa estaba la tele prendida o el radio daba las noticias y recomendaba las vías alternas para evitar los embotellamientos.
También pienso en la gran cantidad de distractores y tareas que nos ponemos diariamente y que nos impiden hacer una pausa para pensar lo que debemos escribir. Quedarse un rato en silencio y pensar. En lo que sea, solo pensar. ¿Qué tan seguido nos detenemos a pensar y a escribir?
La música sube de volumen y creo que es tiempo de preguntarme, ¿cuántas veces mi ruido ha impedido a alguien más pensar, concentrarse y escribir? Espero que no muchas y a partir de ahora seré más consciente. Ojalá que todos lo fuéramos. Esta columna se despide en medio de la música que de tropical saltó a la banda y ya anda por las rancheras dolidas.