Cuenta la gente que en la ciudad de Alvarado vivía un hombre que se dedicaba a robar y a molestar con groserías a las mujeres.
Cansados de este delincuente, los pobladores decidieron expulsarlo de la ciudad y no lo volvieron a ver nunca.
Sin embargo, un día, al salir una señora del mercado con sus compras, se tropezó con un perro prieto que la miraba fijamente y le impedía el paso. El perro no ladraba sólo miraba furioso hacia la mujer.
Su hijo le dijo que seguramente sólo tenía hambre y ella le dio un trozo de pan que acababa de comprar. Pero el perro mordió su mano y se fue corriendo.
Unos días después, el perro volvió a atacar a unos campesinos que quisieron acariciarlo mordiéndole la pierna a uno de ellos.
El perro prieto continuó aterrorizando a la ciudad de Alvarado, metiéndose en sus casas y robando su comida.
Hasta que un día, destrozó el puesto de un mercado y un hombre se le enfrentó, golpeándole con una vara hasta dejarlo inconsciente en el piso.
La gente la aplaudió y se acercó a ver al perro, pero de repente, el animal se levantó y se arrancó el pellejo de la cara convirtiéndose en el delincuente que habían expulsado tiempo atrás.